Aquella última vez

Aquel camino me pareció venido de uno de esos sueños en los que reconoces que hay algo que no es real. Y no cualquier cosa. Sin embargo no por ello se desmerece la calidad de experiencia que supone. 
Me vi de  pronto en el cortejo.  Como esa lejana vez en que por primera ocasión fui a aquel cementerio e ingresamos, estoy casi seguro, por los mismos sitios. Cuando visitamos, por única vez juntos, la tumba de mi padre y  me insististes que la besara. Me parecía tan repulsivo besar una lápida. Luego, con igual sensación de irrealidad, verte atacada y yo retenido, hasta que llegó un guardia con esos sombreros de cazadores que usaban, blancos y circulares, que te defendió. Curiosamente tenía el nombre de mi padre.
Ahora no al acompañarte sino al acompañarme, porque te supongo lejos de aquí, me llegó el aroma del rio. Fue como  una estela y me hizo pensar que era casi natural que una mujer que había vivido  en esta ciudad, que había caminado sus calles y pasado el tiempo que pasaste junto al Guayas, en la despedida, nos envolviera su fragancia.
Conforme transcurre el tiempo voy notando más tu presencia.
Los otros son como el lecho de donde debemos extraer del lodo, las pepitas de oro. Y encuentro muchas en la vera de esos días que compartimos.
Vuela, eres libre.

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